Dirigida por: Tim Hetherington, Sebastian Junger.

Restrepo cuenta la historia íntima de un pelotón de soldados en Afganistán. Por 15 meses deben cubrir el Valle Korengal y ganarse la confianza de la población y eliminar a los insurgentes. La idea suena bastante sencilla y como cualquier otro movimiento militar en la guerra absurda que empieza en Irak. Pero no. Esta es una vista demasiado personal e íntima a un grupo de soldados que nunca funcionan como individuales sino como un grupo. Nunca en el documental se muestra la visión personalizada del que tiene más alto rango. Siempre se busca ver la intención de toda la operación. Y todo se logra. Y aunque no justifiquemos todos los hechos violentos por la búsqueda constante del pacifismo, la realidad es otra. El documental no quiere justificiar la guerra, ni quiere criticarla. Con Restrepo se pretende demostrar el espíritu de hermandad que existe entre hombres cuando su vida corre peligro diariamente. Lo hemos visto infinidades de veces en películas, pero esta vez las filmaciones y cualquier reacción son reales. Demasiado reales.

Restrepo es el perfecto resultado de un experimento entre los directores cuando fueron asignados a hacer reportajes en Afganistán para la revista Vanity Fair. El documental está editado para que incluya entrevistas hechas inmediatamente de que los soldados regresaran a Italia para ser reasignados. Las cicatrices no han sanado cuando a los soldados se les pide una declaración de lo que significó todo. Por más duro que sea, es esencial analizar esto con valentía. Es un honor para el espectador que estos seres compartan el dolor, y un deber para nosotros escucharles. Un momento clave en el documental es cuando se describe la operación Rock Avalanche; quizás el hecho más violento de la compañía y claramente el más trágico.

Restrepo tiene su valor en la simpleza de un momento que todos viven y que nadie sabe exactamente por qué ocurre. Y sin embargo, lo cuestionamos pero nunca terminamos de entender por qué la gente debe caerse a balazos diariamente. Pero claro, nunca lo sentimos de cerca porque no estamos ahí. Para nosotros la guerra es Platoon, Apocalypse Now, Saving Private Ryan. Pero en Restrepo no hay efectos especiales. No hay pausas dramáticas necesarias. No hay descansos. No hay anécdotas nocturnas en las que se cuestiona la vida. En Restrepo hay cuestionamiento. Hay barrera de lenguajes. Hay casquillos cayendo al suelo. Hay soldados celebrando la muerte. En Restrepo hay muertes reales en pantalla y soldados que la lloran porque realmente significan algo y no porque estén actuando. Pero quizás lo más notorio de Restrepo es que el “enemigo” nunca sale en pantalla. Esto hace del hecho algo más absurdo aún.

Es imposible dejar de recordar a la genial The Hurt Locker que nos mostraba lo más arriesgado de una guerra. Hasta el momento de su estreno, no habíamos visto tan de cerca al conflicto en Afganistán. En Restrepo obtenemos esa visión con demasiada proximidad y el resultado es destructor. Pero repito. Lo más absurdo de esto, es que los directores nos siguen recordando que el “enemigo” puede ser que esté disparándonos. Pero quizás el peor villano está en nosotros mismos, que no tenemos suficiente información de todo lo que pasa y sin embargo queremos seguir defendiendo una soberanía. No hablo de países, no imperios, ni U.S.A., ni Venezuela. Hablo de la guerra y de todo lo que conlleva. Absurda como siempre y aceptada como nunca. En Restrepo, el grupo es increíblemente valiente y lucha con todo lo que puede. Pero también es real el desorden interno que les queda después de ver a compañeros morir en la línea de fuego. Esta dualidad emocional es tangible cuando la película termina, haciendo de la experiencia lo más agridulce que hemos podido sentir en mucho tiempo.

Calificación: ***

 

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